Un acontecimiento marcado en Londres por la tradicional procesión encabezada por el rey Carlos III para la colocación de ofrendas florales en el cenotafio y sellado por el anunciado regreso al escenario público de un compromiso ceremonial oficial de la monarquía también de la princesa de Gales, Catalina, esposa del heredero al trono Guillermo, por primera vez tras completar en septiembre un largo tratamiento de quimioterapia y tras meses de dura terapia y angustia.
Kate, como se la conoce familiarmente, observó la ceremonia desde un balcón del Ministerio de Asuntos Exteriores junto a Sophie, duquesa de Edimburgo. Mientras el soberano, que lucha como ella contra un cáncer de naturaleza indeterminada diagnosticado a principios de año, pero que ya hace algunos meses ha regresado a sus funciones públicas, depositaba flores con el uniforme de la Royal Navy, antes del saludo militar en el monumento, que se destaca entre los edificios gubernamentales que dominan Whitehall.
Estuvo seguido, además del príncipe William, por dos de sus hermanos, Anna y Edward; por el primer ministro laborista, Keir Starmer (también esperado en París mañana para la conmemoración francesa, primer jefe de Gobierno del Reino Unido en asistir desde Winston Churchill, en 1944); así como por el nuevo líder del Partido Conservador y de la oposición parlamentaria, Kemi Badenoch.
Al fondo, observando los habituales dos minutos de silencio nacional, una reunión de autoridades, viejas glorias políticas, altos funcionarios y súbditos, una cita embellecida por la presencia de algunos últimos ancianos sobrevivientes de la Segunda Guerra Mundial bajo la insignia de la Legión Real Británica y la centenaria Asociación de Veteranos de las Fuerzas Armadas de Su Majestad.
Kate, que ya ha aparecido en público en los últimos meses en otras ocasiones menos oficiales, se ha entregado a distancia a la curiosidad de los medios y del público, en aparentemente buenas condiciones, aunque con algunos signos de cansancio en el rostro: vestida de negro, como el resto de civiles presentes, para subrayar el luto por el carácter conmemorativo del día, y con las inevitables amapolas rojas (flor símbolo británico de la memoria de los muertos en la guerra) en las solapas.
El rey, que cumplirá 76 años el jueves 14 de noviembre, también se mostró pensativo, como requería la ocasión. Más aún cuando parece acercarse la llegada de su delfín William, quien esta semana evocó, al margen de una visita a Sudáfrica, la experiencia de los últimos meses del cercano doble diagnóstico de cáncer de su padre y de su propia esposa, lo que calificó de situación "brutal" y como "la más difícil" de su vida adulta, al tiempo que dijo estar "orgulloso" de la forma en que Kate y Carlos fueron capaces de afrontar la enfermedad.
Una enfermedad para la que los indicios positivos parecen reforzarse, aunque los protocolos médicos todavía prevén tiempo, tratamientos y controles antes de poder establecer el objetivo deseado de "remisión".
Los Príncipes de Gales también estuvieron presentes el sábado por la noche, entre aplausos y sonrisas, en el concierto Festival of Remembrance, en el Royal Albert Hall, junto al monarca y otros miembros de la realeza.
Sin embargo, ausente -tanto en el concierto como en la ceremonia del domingo- la reina Camilla, la esposa de 77 años de Carlos, que sufrió a principios de esta semana "una infección pulmonar estacional", según información del Palacio de Buckingham, y se vio obligada a quedarse en casa como medida de precaución. A la espera de poder reaparecer en público dentro de "unos días".
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